Poema para la Plaza II

LOS QUE ESTÁN SOLOS

Como no sabían aún como llamarnos
escondieron en el bolsillo del chaleco nuestros nombres.
Nunca nos llamaron igual que nuestras madres,
callaron el lenguaje e hicieron que el silencio
nos volviera invisibles, igual que un castigado.
Y seguimos hablando de lo nuestro,
ellos solamente lo hicieron de lo suyo.

Se preguntaron unos a otros de qué se alimentaba la pobreza,
de qué vivía cuando estaba muerta. Se taparon la boca,
tampoco así pudieron escucharse más adentro,
se perdieron el mar y la distancia.
Y no se dieron cuenta de que el hombre se muerde el corazón
para estar vivo. Los pobres todavía no lo saben, el maleficio de la prisa
les cierne en los relojes.

Dejaron de mirarnos, negaron el saludo,
algunos hicieron volar la caridad con su mando a distancia
y sus tarjetas.
El ser humano habla cuando reza,
cuando ama, cuando llora, o sueña,
cuando pide. Si está vivo, habla,
también cuando blasfema, se despide
o despierta, cuando recibe.

El hombre si sabe de la vida habla,
como lo hacen los niños, a la cara,
mirándose a los ojos,
porque saben que solo esa alegría es el pan de la vida,
y estar juntos es la mayor riqueza
que el mundo ha conocido.

Aunque algunos ni miren,
ni nos hablen, ni sepan nuestros nombres, o estén solos,
porque solamente saben hablar de lo suyo y nunca se han sentado
en una plaza a escuchar la alegría y las preguntas.

Juan Andrés Pastor

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